divendres, 14 de novembre de 2008

Autocaravanas Camping-car Husbil Bobil

En el doblaje de una de las mejores películas de Preston Sturges, Sullivan's Travels, la expresión yate de tierra me sorprendió cuando la oí durante los sesenta. En aquél tiempo la cosa más próxima a una auto caravana, que entreví en mi primer viaje en el viejo 4L a Europa hace cuatro décadas, eran las furgonetas Volkswagen, de motor boxer refrigerado por aire en la parte trasera. Se convirtieron esas furgonetas en un mito hippy cuando los norteamericanos enloquecieron con esa versión rupestre del escarabajo. Las mirábamos con envidia por las carreteras europeas - no teníamos entonces para pagar los peajes de las pocas autopistas- mientras viajábamos con el Renault de 845cms cúbicos cargados hasta el registro.
Dormíamos a salto de mata en las cunetas, en viejas tiendas de lona, con doble techo, que podían alquilarse en Bavillesset, al final de Enrique Granados cabe a la Diagonal. Descubrimos así las Europas, los primeros hipermercados, la experiencia de unos países próximos pero lejanos puesto que los 25Hp del 4L no daban para
mucho más a 50 o 60 de promedio.
Luego, fuimos prosperando, primero con la tienda con avance, más adelante con la chalet que nos pareció un lujo de sátrapa persa. Nos hicimos algo mayores y la primera caravana la arrastró el Renault 12S que había heredado de mis padres. Con ella alcanzamos a ver las torres de vigilancia de la frontera con el Este. Pasamos por fin al camping car de primera generación, pesado, con su chasis Fiat Ducato de 75HP sin dirección asistida y sin aire acondicionado. Con aquella cosa llegamos hasta Trondheim, el límite de Europa según Josep Pla. Descubrimos la fascinación de los bosques con trolls. Perdimos dos o tres kilos dándole a una dirección de hierro, volvíamos con bíceps de cuidado. Luego perdimos la piel en un lugar de la Alcarria, y durante un lustro abandonamos nuestras navegaciones terrenales. Pero nos pudo el recuerdo y seguimos con las autocaravanas, gozamos del diesel turbomecànico de 85Hp - sin dirección asistida -, y con el llegamos, por segunda vez al Mar Artico en 1998. Los hijos crecieron de verano en verano, viviendo con nosotros de nómadas del Norte. Vimos eclipses totales, cruzamos casi con emoción la frontera de la DDR en 1990, aquel límite que durante veinte años se nos había resistido y empezamos a sentir los cuatro que aquel trasto de segunda mano podía ser como el pato de Nils, y nos enamoramos del Norte. Los hijos se fueron. Cambiamos tres veces más de carromato, y como el capitán Hatteras de Julio Verne tenemos desde entonces una brújula interna que mira al Norte.